Por Raúl Marsó
—“Nada que ver”, dijo mi nieto.
—“Intentaré demostrarte que todo tiene que ver con todo”, le respondí.
En este tiempo de modificaciones económicas —entre la motosierra y el desarme de las estructuras sobre las que se sustentaba la economía de nuestro país—, la avicultura recibirá su impacto.
Es muy difícil que todas las medidas se sincronicen y que veamos la luz al final del túnel, permitiéndonos salir de la ratonera donde estábamos viviendo.
El cambio, eso que llamamos “progreso”, no es neutral: genera estrés, hay ganadores y perdedores, y es impredecible saber en qué terminará.
Por un lado, se permite el ingreso de productos que compiten con los nuestros; por otro, nos quitan las ayudas que teníamos, sin ofrecernos nada a cambio.
Eliminan los descuentos en las tarifas eléctricas, el crédito no aparece, y se hace difícil aggiornar nuestro esquema productivo. Se demoran las inversiones necesarias para ganar en competitividad.
Se están tomando medidas que, estratégicamente, darán sus frutos —como la desregulación de normas que inciden en las transacciones—, pero cuyos efectos no se notan de forma inmediata.
Así las cosas, parece que estamos condenados.
Sin créditos para la inversión, sin caminos, sin energía eficiente, los nuevos emprendimientos para mejorar la competitividad frente a los países vecinos deberán esperar.
Pero no debemos quedarnos con los brazos cruzados, porque del cielo no caerá nada… salvo la influenza aviar, que puede llegar volando.
Tenemos que tomar el toro por las astas y blindar nuestra producción, criando las aves de la forma más aislada posible.
La consigna, aquí y ahora, es sacarnos de encima la hepatitis, las dermatitis, y estar atentos a cómo se desarrolla la contaminación por influenza aviar.
Trabajar en la bioseguridad de nuestros establecimientos es algo que no requiere una gran inversión. Se puede hacer adoptando nuevos hábitos.
Más orden: nuestras granjas deben lucirse. Los galpones de crianza deben estar en medio de un jardín, no perdidos entre los yuyos, donde se hace difícil controlar los animales que allí viven.
Implementar programas de desratización, evitar el contacto de nuestros pollos con aves silvestres o no comerciales, es parte de lo que debemos hacer.
También debemos restringir la entrada a nuestros establecimientos: quienes ingresen deben higienizar su calzado, y su ropa debe cumplir normas de bioseguridad.
No hay plata para las obras que necesitamos, pero hay mente dispuesta a trabajar en la neutralización y erradicación de enfermedades.
No hay plata para mejorar la productividad, pero sí podemos trabajar en lo que no tiene costo, y que nos dará buenos resultados.
La Desregulación nos va a pegar menos… si aumentamos la Bioseguridad en nuestros sitios de trabajo.







