Inicio / Editorial / 90 años con la avicultura. ¡Quién diría!

90 años con la avicultura. ¡Quién diría!

Contenido de éste artículo

Por Raúl Marsó

A propósito que nuestra empresa de origen familiar, está a punto de cumplir 90 años, reflexionaba sobre recuerdos de mi niñez en relación a la producción de pollos.

Las visitas a la casa de mis abuelos, donde hoy funciona la administración de Las Camelias, la compañía que le hacíamos a las guardias de fin de semana de mi padre, fue el momento donde empezamos a tener conocimiento de las aves, el trabajo en el cual nos involucramos, era juntar huevos y ayudar a la clasificación. Qué hermosa niñez nos tocó vivir. ¡Quién diría!

Ellos eran tres hermanos y cada tres fines de semana, sábado a la tarde y domingo todo el día, era el turno de guardia, que se mantenía en rotación.

Los fines de semana en que Papá no tenía guardia, había que limpiar el gallinero del fondo de nuestra casa. -“Los Marsó tendrán muchas gallinas, pero en casa se comen los huevos propios”- decía mi MAMÁ, mientras arrojaba las sobras de comida al gallinero. Así, lo que quedaba de nuestras comidas se transformaba en los huevos que consumíamos en casa. En aquella época no pasaba el basurero. Lo que no comían las aves era basura… y después, fuego.

A esa recirculación hoy la llaman economía circular. ¡Quién diría!

En aquella época hacíamos los trabajos hogareños: la huerta, la jardinería y, los fines de semana, la limpieza del gallinero. Todas estas tareas nos permitían conseguir unos pesos para poder ir al cine. ¡Quién diría!

Un día, el viejo nos propuso a Beto y a mí criar unos pollos parrilleros en el fondo de casa, en una instalación un poco más sofisticada que el albergue que tenían las gallinas. ¡Manos a la obra! Una campana a querosén, una bombita de luz, unos comederos de madera y un bebedero de esos que se invertían: un tacho colocado sobre el plato hacía que el agua se mantuviera siempre a nivel.

Eso sí, al poco tiempo hizo su aparición la tecnología: llegó un bebedero canaleta con una boya que mantenía el nivel del agua. Los pollos tomaban, crecían felices y nosotros hacíamos cuentas de cuánto ganaríamos con la venta de aquellas aves.

A los 75 días, los pollos pesaron 2 kilos. Jaula, camioneta y… ¡a entregar el producto!

Recibimos la primer platita fruto de nuestro trabajo. ¡Qué Felicidad! ¡Quién diría!

Con el tiempo, que pasa volando, uno ve cómo jóvenes entrepreneurs arremeten en la vida con sus propios emprendimientos, y nos pone muy felices verlos prosperar. Ojalá tengan la misma, o incluso mejor suerte que nosotros, y puedan concretar sus anhelos y fantasías, como las que tuve la suerte de vivir junto a mi hermano mayor.

Hoy, con nuestros hijos y sobrinos trabajando y haciéndose cargo de la empresa, quiero rescatar a todos aquellos que alguna vez tuvieron un sueño. Deseo que, al igual que nos sucedió a nosotros, puedan mantenerlo vivo a través de algo tan edificante como es el trabajo en familia, y así avanzar un paso más: dejar de ser simplemente un grupo para transformarnos en un verdadero equipo de trabajo, como lo es hoy Las Camelias.

¡Quién diría! Que aquella idea de nuestro padre, la de habilitarnos unos pocos pollos en el fondo de casa, llegara, con el paso del tiempo, a contribuir a nuestro presente.

“¡Quién diría!”, decía mi abuela cuando ocurrían cosas impensadas.