En una charla muy amena y enriquecedora, la directora de Las Camelias conversó con revista Vínculos sobre los inicios del laboratorio, el lugar que la empresa le otorgó al mismo como un eslabón clave dentro de la cadena productiva, sus fortalezas y las proyecciones futuras, entre otros temas.
¿Cómo fueron Graciela los inicios del Laboratorio?
Cuando todavía estaba estudiando, me acercaba los fines de semana a la empresa para ayudar a Raúl. Usábamos una lámpara de luz ultravioleta para controlar los granos de maíz. Aquellos que tenían fluorescencia los descartábamos, tratando de entender qué tenían. En ese momento no existía una técnica específica para analizar micotoxinas, mucho menos aflatoxinas. Así que buscábamos un método con lo que teníamos a mano.
En 1987, comenzamos a armar el laboratorio, que al principio funcionaba nada menos que en la cocina-comedor de mis abuelos. Ahí arrancó todo. Empecé haciendo los análisis más básicos: proteína, grasa, ceniza, humedad. Todo orientado a las materias primas que llegaban para la fábrica de alimentos balanceados. También incorporé un pequeño espacio de microbiología para controlar los pollitos bebés y hacíamos algunas pruebas de inmunidad, como las aglutinaciones para detectar micoplasma.
Así empecé, sola… aunque no tanto. Mi primera gran ayudante fue mi mamá María Esther. Me ayudaba a sacarle sangre a los pollitos, a preparar las muestras. Fueron casi dos años de trabajo juntas, hasta que ella se dedicó a escribir la revista Vínculos.
¿Qué más recordás de esos primeros tiempos?
En esos comienzos, el foco principal eran los análisis de materias primas y alimentos balanceados, y un poco de bacteriología. Usábamos la lámpara UV para buscar granos fluorescentes. Incluso teníamos un pequeño bioterio calefaccionado con agua caliente, donde alimentábamos a los pollitos con esos granos para ver qué efectos producían. Así empezamos a entender el daño que causaban las micotoxinas.
El laboratorio, desde el inicio, tuvo un perfil analítico pero también experimental. Con el tiempo llegaron las primeras técnicas específicas, y todo fue haciéndose más preciso. Durante años trabajamos midiendo aflatoxinas, y después fuimos sumando otros controles de micotoxinas. Hoy analizamos cada camión que llega, cada muestra se controla por completo.
¿Qué cambió con el aumento del nivel de trabajo?
Llegaron también los primeros colaboradores. Recuerdo con cariño a Hortensia Galeano, que fue la primera en ayudarnos con la limpieza del material de laboratorio. En otra etapa y durante muchos años, también estuvo colaborando su hermana María.
Susana Leturia, fue clave para el crecimiento del laboratorio. Con ella y durante muchos años, llevamos adelante este proyecto.
Susana tomó un rol más administrativo, se especializó en técnicas y en la coordinación del equipo humano. Con el crecimiento sostenido, el espacio nos empezó a quedar chico y decidimos construir un nuevo edificio. En 2007 nos mudamos al laboratorio actual. Fue un gran paso y un motivo de orgullo.
A partir de ahí, todo se potenció: más personas, nuevos equipos, más metodologías. Incorporamos innovaciones que nos llevaron hasta el gran reconocimiento actual: formar parte de RedLab, la red de laboratorios del Senasa.
¿Alguna vez soñaron con un reconocimiento de esta magnitud?
Cuando en el 87´ empecé con todo esto, era impensado. Pero siempre tuve claro que quería que el laboratorio fuera de vanguardia, alineado con las mejores técnicas a nivel mundial.
Desde el principio tuvimos esa inquietud por investigar. No somos científicos, pero nos mueve la curiosidad. Todos en el equipo compartimos esa pregunta constante: “¿Por qué pasa esto? ¿Por qué este resultado?”. Y eso nos mantiene vivos.
También fue fundamental el lugar que la empresa le dio al laboratorio. Pasó a ser un eslabón clave dentro de toda la cadena de producción. Recuerdo que en 1998, al implementar la norma ISO 9000, empezaron a surgir muchos más controles. ¡Hasta nos pedían que analizáramos los envases para ver si liberaban sustancias! El laboratorio se convirtió en la base de la calidad.
Hoy estamos mejor organizados: el laboratorio sigue siendo el centro del control, pero trabajamos codo a codo con el área de Calidad.
¿Desde aquellos comienzos imaginaste llegar tan lejos?
Sí, siempre fui por más. Nunca me conformé. Quería estar al día con lo último: en tecnología, en innovación. Por eso nos capacitamos, visitamos laboratorios, aprendemos todo el tiempo.
La certificación RedLab es como un broche de oro, que se dio también por las nuevas disposiciones de Senasa. Pero yo sabía que podíamos lograrlo. Tenemos un equipo humano muy preparado y técnicas que están a la altura de cualquier laboratorio del mundo.
La filosofía del laboratorio es la misma que la de Las Camelias: siempre estar preparados para dar el siguiente paso. Y cuando lo damos, ya estamos pensando en el próximo.
Siempre digo que esto es como jugar al golf: no te comparás con el de al lado, sino que querés mejorar tu propio hándicap. Se trata de autosuperarse. En el laboratorio buscamos lo mismo: excelencia, precisión en las técnicas y cada vez más agilidad en los resultados.
¿Cuáles son, a tu criterio, las fortalezas del laboratorio?
La gente. La paciencia, la dedicación, el compromiso. Hay que tener una vocación especial para trabajar en un laboratorio. Es un estilo de vida. Y además de la idoneidad, está la inquietud constante por mejorar. Sabemos que somos un engranaje fundamental, junto con el área de Calidad, en toda la cadena de producción y trabajamos con esa conciencia.
¿Qué expectativas tienen para el futuro?
Queremos seguir sumando nuevas técnicas, más mediciones, más innovación. Hay métodos que desarrollamos nosotros, que no se usan en otros laboratorios, y que son clave para verificar nuestros procesos.
Sabemos que la industria avícola va a seguir creciendo a gran velocidad. Tenemos que estar listos para acompañar esa evolución. Nuevos equipos, más precisión, más datos. Ese es nuestro camino.
¿Un mensaje final? ¿Algo que quieras decir?
Me vuelvo al año 87’… y lo primero que siento es un agradecimiento enorme a Raúl, que confió en mí desde el comienzo. Pienso también en mis viejos, en mi mamá, que fue tan importante en los primeros pasos. Aunque no estén físicamente, siento que lo ven, y están orgullosos.
Todo lo logramos con la gente. Mi agradecimiento más profundo es para Susana Leturia, compañera de estudios y de camino. También para Laura Varona, que fue una gran ayuda. Para Marcelo Batisteza y Pablo Creppy, que estuvieron en esos primeros años en “la cocina del abuelo”.
Con Raúl nos sentimos muy orgullosos de lo que construimos y de las personas que nos acompañaron y siguen estando.
Y lo más lindo es que no perdimos la identidad. El reconocimiento al laboratorio estuvo siempre. Y ojalá que siga así.
Quiero decirles a todos los que trabajan hoy en el laboratorio lo orgullosa que me siento. Aunque a veces no me vean tanto, que sepan que nos sentimos realmente respaldados y cuidados por este equipo.







