Por Juan Carlos de Pablo
No pasa día sin que aparezca algún artículo referido a la inteligencia artificial (IA).
En la mayoría de los casos, para alertarnos por algunas de sus consecuencias nocivas. Los más dramáticos predicen que nadie conseguirá empleo y que la existencia de la humanidad misma está en peligro… y que, por consiguiente, debe ser regulada… ¡a nivel mundial!
Aun a riesgo de que algunos lectores de Vínculos relacionen mis palabras con cómo se hablaba antes del Diluvio Universal, o de Sodoma y Gomorra, apunto que la lectura de la historia aporta una perspectiva optimista.
Es notable la capacidad de los seres humanos de absorber los descubrimientos y los inventos.
En Inglaterra se querían prohibir los ferrocarriles porque se decía que, por el ruido y el humo, las vacas dejarían de producir leche; y muy probablemente algo parecido se debe haber dicho cuando se inventó la lamparita eléctrica o se abrió el canal de Suez. Por eso, arriesgando todo (vida y prestigio personal) los pronósticos agoreros me hacen sonreír.
Esto no quiere decir que, frente a la IA, debamos permanecer indiferentes. Por el contrario, debemos entenderla para utilizarla. El economista Sebastián Galiani dice que, para que sirva, antes de utilizar la IA hay que… pensar.
Para saber qué preguntarle y poder utilizar las respuestas.
No tengo ningún inconveniente con que mis alumnos preparen los trabajos que les encargo, utilizando la IA, porque una vez que los entregan tendrán que defenderlos delante de mí y de sus compañeros; y para esto tendrán que complementar lo que obtuvieron de la IA, utilizando la inteligencia ¡natural! En la empresa tiene que ocurrir lo mismo.
Todo mecanismo que mejora los procedimientos desafía las tareas rutinarias. Esto, que suena a tragedia para quien piensa que sólo nació para copiar, ordenar, etc., resulta liberador para quien pone su cabeza al servicio de la toma de decisiones, y para eso no necesita tantas energías en conseguir información y sistematizarla.
Alfred Marshall dijo que un gobierno puede ordenar la publicación de las obras de Shakespeare, pero no su escritura. Lo mismo ocurre con la actividad propia de los verdaderos emprendedores. El Muro de Berlín se hubiera caído igual, aunque las autoridades de Alemania del Este hubieran contado con la IA.






